Subdesarrollo del medio ambiente

René Passet, economista especializado en el desarrollo, se ha dedicado a las relaciones entre lo económico y lo vivo, extrayendo del estudio del medio ambiente lecciones concluyentes para su disciplina. En su último libro, René Passet, comprometido tanto en la ideología como en la práctica, arremete contra la globalización "predadora" que resume el mundo a un mercado, en detrimento del equilibrio natural y las necesidades humanas. Eloge du mondialisme par un "anti" présumé [Elogio del globalismo por un supuesto "anti"] es un ensayo ofensivo, transparente, documentado, marcado por esa honestidad intelectual propia de los auténticos científicos. Al modelo neoliberal dominante, el investigador-ciudadano opone el de desarrollo sostenido respetuoso con los seres humanos y la naturaleza que los abarca.
Label France: ¿La degradación del medio ambiente es un accidente del sistema económico neoliberal que puede corregirse o una consecuencia lógica de su funcionamiento?

René Passet: Me parece, y somos muchos en pensar lo mismo, que los daños que sufre el medio ambiente están en la lógica misma del sistema productivista y de libre intercambio, ya que su objetivo principal es optimizar los beneficios, lo que conlleva el traslado de los costos de producción al medio ambiente. Esta tendencia se ha ido reforzando todavía hoy por el hecho de que, como sabemos, el poder se ha desplazado de la esfera pública y política a la financiera internacional y de los intereses privados, que cada vez intervienen más en los procesos de gestión y decisión en las empresas. La carrera productivista y la explotación a ultranza de los recursos están ligadas a los imperativos de rentabilidad rápida del patrimonio financiero.

La economía ve la contaminación como un accidente que puede arreglarse según la lógica del sistema, es decir, en el mejor de los casos, integrando los costos medioambientales en el precio de los productos en el mercado. De esta forma, el mercado se convierte en el regulador soberano de la contaminación, considerada como una disfunción menor que hay que intentar corregir por una lógica de precios.
A ello hay que hacer varias objeciones. Primero, las fuentes de contaminación todavía no se han identificado, las víctimas y los daños tampoco, lo que quiere decir que los costos reales raras veces se toman en cuenta. En segundo lugar, y sobre todo, los costos no son sólo comerciales, hay vidas humanas en juego, recursos perecederos, efectos irreversibles en el medio natural donde cada especie, a la vez presa y predadora, cumple una función reguladora además de estar en interdependencia con todo lo demás. Todo ello no aparece en el mercado que sólo da valor a un bien natural cuando escasea, es decir, cuando es demasiado tarde desde el punto de vista de la salvaguarda de los equilibrios naturales importantes.

“Hemos de subordinar la economía
a las finalidades humanas y medioambientales”

Ahora bien, para nosotros, se trata de mantener en perfecto estado de funcionamiento el medio ambiente que genera la vida, la vida humana en particular, así como las actividades económicas, puesto que si usted destruye el medio ambiente, lo destruye todo, incluso la economía.

Para usted, ¿qué lugar debería ocupar la economía y cuál sería supapel?

R. P.: No existe ninguna teoría económica, incluso entre las que combatimos en Attac, que pretenda que la economía no sea otra cosa más que una actividad de transformación de la naturaleza dedicada a satisfacer las necesidades humanas. La economía no tiene otra razón de ser. Los problemas medioambientales, aunque también los humanos y sociales actuales, proceden de que la actividad económica se ha convertido en un fin en sí misma en lugar de ser un medio al servicio de objetivos humanos.

¿Podría precisar la diferencia entre la noción de crecimiento económico, que es el objetivo explícito de la mayoría de las sociedades, y la de desarrollo sostenido?

R. P.: En efecto, es algo muy importante. La noción de crecimiento se basa en la idea de que satisfacer las necesidades humanas resulta primordial cuando el producto nacional aumenta. Esta visión de la economía corresponde a la época en que se estaba teorizando, es decir, a finales del siglo XVIII y principios del XIX en Europa, cuando las necesidades de base de los individuos se satisfacían a duras penas. En esta fase del desarrollo económico, es cierto que cuanto más produzcamos, mayor bienestar crearemos, como hoy en los países más pobres. Los economistas evacuaron la cuestión de la naturaleza, puesto que la actividad todavía no alteraba la biosfera de forma irreversible, sus funciones importantes no se veían afectadas, como es el caso hoy en día con la regulación térmica del planeta, por ejemplo.
Ya no podemos razonar así. Sin embargo, las escuelas de economía modernas siguen separando la esfera económica de la humana y medioambiental. Razonan en el marco de una economía fuera de su contexto, unidimensional y que sólo considera lo cuantitativo. ¿Podemos afirmar que dos veces más de coches en la Tierra signifique dos veces más de bienestar?

Cuando uno se da cuenta de que para crecer destruye el medio ambiente, no puede dejar a un lado lo económico, tiene que volver a situarlo en la esfera humana, sobre todo en el campo de los valores: más coches, para quién, para qué, con qué consecuencias. Una economía ligada a las demás esferas es el desarrollo sostenido, que obliga a plantearse la cuestión humana, social y natural. El crecimiento que se obtiene destruyendo a los seres humanos y los medios naturales no constituye un desarrollo. Debemos inventar un nuevo enfoque de la economía capaz de pensar en las interdependencias de un mundo tan complejo como el nuestro.

Se cometen aberraciones humanas y sociales cuando sólo se tienen en cuenta criterios materiales y financieros. También existe una racionalidad basada en las finalidades humanas de la economía. Por ejemplo: en el mercado de los cereales, tiene usted dos quintales de trigo fabricados por dos países diferentes, si usted sólo tiene en cuenta el volumen, un quintal de trigo es un quintal de trigo, y a calidad igual, que el mejor gane. El mejor, es el mejor mercado, y siempre, es el de los países más industrializados, cuya agricultura se ha mecanizado terriblemente y produce a precios de coste muy competitivos. Para el país rico, sólo un ligero incremento de ingresos de exportación depende de la venta o de la no-venta. Pero, para el país pobre, este trigo, producido a fuerza de trabajo y en difíciles condiciones, representa el único ingreso de la gente y de los países que viven de ello. Esta agricultura alimenticia no es competitiva, pero es vital para esas sociedades cuya existencia está en juego. Por eso, hay que garantizar otros criterios.

“El juego de intereses establecidos
constituye uno de los principales frenos al cambio”

Si sólo se tiene en cuenta la mercancía, la regla que se aplica es la de la igualdad de tratamiento, actualmente en vigor; pero si nos preocupamos por la condición de los hombres y el devenir de las sociedades, es legítimo defender el principio opuesto de desigualdad de tratamiento en beneficio del más desfavorecido. En un momento en el que la OMC está intentando promover la cláusula de la nación más favorecida, la igualdad de tratamiento entre las empresas nacionales y extranjeras, yo iría aún más lejos, afirmando que todo país (incluso desarrollado) debería tener derecho a asegurar la satisfacción de sus necesidades de base (sobre todo alimentarias) y a proteger sus sectores de actividad vitales de la competencia mercantil (educación, salud, cultura).
El apoyo de la agricultura alimentaria debería ser una prioridad internacional, ya que están en juego la perennidad de las poblaciones y de los medios rurales, el desarrollo, la independencia. Ahora bien, ésta está siendo eliminada por la agricultura mecanizada, en manos de los países desarrollados, que utiliza abundantes abonos, pesticidas, herbicidas.

Para cambiar esta situación sería necesaria una auténtica revolución de las mentalidades. Para usted, ¿cuáles son los frenos más importantes?

R. P.: Los frenos son en principio las mentalidades. No existe nada más duro que cambiar un sistema de pensamiento, que debe de ser estable, resistir a los avatares de la vida, pero que también se ha concebido para evolucionar. La resistencia es grande, en particular en el ámbito de las teorías económicas. La teoría neoliberal se plantea como "la" teoría científica. Ahora bien, el ámbito de la ciencia es, por definición, el de lo irrefutable. Los que pretenden que sus teorías son irrefutables las sitúan al mismo tiempo fuera del campo de la ciencia, del lado del dogma, de las creencias, de las opiniones.
Otra impostura de esta teoría es la que plantea que el mercado es neutro y debe ser, en consecuencia, el único árbitro de las decisiones en materia económica. Esta pretendida neutralidad de la regulación mercantil acredita, en realidad, el sistema tal cual, con los costos humanos y medioambientales inaceptables que conlleva, las influencias que benefician siempre a los mismos, a los que detentan el dinero y los que lo atraen, en virtud del anticuado y buen principio de que no se presta más que a los ricos.
El otro gran freno a cualquier cambio es, evidentemente, el juego de intereses establecidos, petroleros, industriales, que también lo son de algunos gobiernos, dispuestos a comprometer el futuro del planeta más que a implicar el nivel de vida de sus electores, lo que es absurdo, ya que haciendo esto, a término, aseguran nuestra y su destrucción.

Cuando hay tantos problemas que resolver (como el del hambre en el mundo), algunos presentan la defensa del medio ambiente como un lujo.

R. P.: Efectivamente, en situaciones de miseria, de paro, si una empresa que contamina aporta empleo y permite a la gente vivir decentemente, el problema ecológico pasa a segundo plano. Y es comprensible. Sin embargo, el problema de la lucha contra la pobreza y el de la defensa del medio ambiente están estrechamente ligados.

Algunos creen que los esfuerzos occidentales para imponer hoy a todos los países del mundo ciertos límites a la contaminación penalizan la industrialización de los países en vías de desarrollo (PVD). ¿Cómo se puede favorecer su despegue y al mismo tiempo evitar que se agraven los problemas medioambientales del planeta?

R. P.: De todos los países del mundo, los más pobres son los que contaminan menos globalmente. Y sin embargo, el subdesarrollo es también una causa de la destrucción de la naturaleza, cuando es la única fuente de riqueza (madera, materias primas, especies animales, parajes naturales...). Remediando el subdesarrollo, remediamos ciertas formas de explotación excesiva de los medios naturales, y, aumentando el producto nacional, proporcionamos los recursos con los que luchar para preservar el medio ambiente.
Por otra parte, como el medio ambiente de los PVD está poco contaminado, es viable un desarrollo industrial antes de que sea amenazado gravemente, tanto más cuanto que los PVD se beneficiarían de la experiencia de los países desarrollados sobre las tecnologías limpias, que no cuestan siempre más y que permiten la producción de bienes reciclados y el ahorro de recursos y energía.
Por supuesto, para llevarlo a cabo, habría que aumentar la ayuda de los países desarrollados y de las instituciones mundiales, FMI y Banco Mundial. Pero, hay que recordar que la ayuda pública de los estados de la OCDE es hoy de 0,22% del PIB, frente al 0,77% prometido.

¿Es usted favorable a que los PVD no sean sometidos a normas tan estrictas como los países ya industrializados?

R. P.: Por supuesto, porque aunque por cada unidad de producto nacional contaminemos menos que los PVD, como nosotros producimos infinitamente más, globalmente somos los más contaminadores. La venta de los permisos de contaminación equivale a otorgar el derecho a ensuciar la naturaleza a los más ricos, que, además, ya no tienen necesidad de asegurar su desarrollo de base. Eso es inaceptable

.

¿Por dónde se debería empezar para reformar el sistema actual en la línea de un desarrollo sostenido, respetuoso con lo que usted llama los "imperativos de lo vivo": las necesidades humanas, sociales y medioambientales?


R. P.: Las normas para asegurar la producción del medio ambiente y de la sociedad ya existen. Las convenciones las han definido, como las de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), por ejemplo. Numerosas normas medioambientales y sociales de base han sido aceptadas en el marco de negociaciones. Recordemos que la Declaración Universal de Derechos Humanos, fundamento de la organización de Naciones Unidas, afirma la supremacía de los derechos fundamentales (civiles, políticos y sociales) en relación con cualquier otro tratado.
Para el sistema económico en general, pero también para las grandes convenciones y organizaciones internacionales, se trataría de respetar y de hacer respetar estas normas ahora. Ya vendría luego el momento de afinarlas y completarlas.
Por otra parte, más que crear nuevas instancias, creo que convendría que las que ya existen cumplieran su misión. De esta forma, la OMC (Organización Mundial del Comercio), en lugar de ser la institución que haga prevalecer sistemáticamente la libertad de intercambios sobre todos los demás criterios y otras formas de convención internacional, debería garantizar el respeto de las normas medioambientales y sociales, y de los derechos fundamentales.

¿Según usted, el respeto de estas normas no es incompatible con un sistema económico rentable?

R. P.: No. Primero habría que revisar la noción de rentabilidad económica, no sólo en función del dinero y del rendimiento del capital, sino de la satisfacción de las necesidades humanas. ¿Qué es la eficacia, sino el grado de progreso hacia la realización de un objetivo que nos hemos fijado? ¿Lo más importante es correr más deprisa que los otros, si se corre en sentido inverso a la competición?

Podemos imaginar el costo enorme para la conversión de nuestras economías. Pero, ¿cómo financiarlo?

R. P.: En principio, cabe decir que las tecnologías que preservan el medio ambiente son económicas, a nivel energético, y generan, a través del reciclaje de los residuos principalmente, nuevas actividades y nuevos bienes.
Pero, sobre todo, los costos reales, directos e indirectos, a corto y largo plazo, del sistema actual todavía no son visibles, ya se trate del funcionamiento normal del sistema o de sus "accidentes", cuyas repercusiones son enormes (gastos de sanidad, costos del desempleo, descenso de la productividad o de la actividad, ayudas, limpieza de las contaminaciones, destrucción de los medios naturales), sin hablar de las pérdidas en vidas humanas que no tienen precio.

“Los múltiples costos de la degradación
del medio ambiente todavía no son visibles”


Si estos costos se tomaran en consideración, nos daríamos cuenta que aceptar sacrificios de inmediato no sólo aseguraría la perennidad del medio ambiente, sino que también reduciría al mínimo los costos del sistema. Si esperamos a que los problemas sean más graves para intentar arreglarlos, nos costará mucho más caro.

Esta lógica mercantil, basada en el rendimiento, conduce a la reducción de la variedad de las especies vegetales y animales utilizadas, amenazando así la biodiversidad. ¿Cuál es la gravedad de este fenómeno?

R. P.: Aquí volvemos a encontrar la noción de corto y largo plazo. La agricultura productivista desemboca, en efecto, en el cultivo exclusivo de las especies más competitivas, teniendo en cuenta rentabilidad y resistencia a tal o cual aspecto del medio. Y las otras variedades son eliminadas de facto. Este enfoque privilegia igualmente los métodos de producción más rentables a corto plazo.
El problema de la monocultura es que, cuando usted reduce la variedad específica (el número de especies) o incluso intraespecífica (la diversidad dentro de una misma especie), fragiliza usted el ecosistema. Dependiendo de su edad, las especies no sufren las mismas enfermedades; por otra parte, los virus afectan a ciertas especies y no a otras. Si usted mantiene una diversidad de especies y de edades, en caso de enfermedad, algunas desaparecerán pero otras resistirán, y el ecosistema no estará amenazado. Mientras que si usted tiene una sola especie, lo perderá todo de golpe. Por lo tanto, la diversidad es un elemento de estabilidad para el ecosistema y de seguridad para los humanos.

“Tener en cuenta a la naturaleza
supone hacerlo a largo plazo”

También sabemos que no se conocen todas las virtudes de las plantas, principalmente medicinales. De esa manera, cuando una especie desaparece porque su ecosistema se destruye, nos privamos de medios de defensa para el futuro frente a nuevas enfermedades. Sólo conocemos una ínfima minoría de las especies que viven en la Tierra, y estamos destruyendo todo este patrimonio natural sin saber lo que destruimos. Es un desastre.

¿En qué fundar jurídicamente los derechos del medio ambiente, es decir, el derecho de la vida en la Tierra a ser preservada, para poder demandar y sancionar a los que contaminan, basándose en la noción de responsabilidad de cara a las futuras generaciones?

R. P.: El derecho napoleónico, que hemos heredado en Francia fundamentalmente, es un derecho que rige las relaciones entre los hombres y las cosas, y los hombres entre si. No trata ni siquiera de regir interdependencias, que se diluyen en el tiempo y en el espacio, y que constituyen, principalmente, el ámbito de la protección del medio ambiente.


El efecto invernadero, la degradación de la capa de ozono, la contaminación marítima escapan al marco tradicional del derecho. En esos casos, es muy difícil identificar al o a los diferentes autores de una contaminación. Las víctimas tampoco son fáciles de identificar, las distintas formas de contaminación que les amenazan tampoco. Todo esto es válido también en el caso de las mareas negras, las lluvias ácidas o las nubes radiactivas, que desconocen las fronteras nacionales.
Tener en cuenta a la naturaleza supone hacerlo a largo plazo que comparado con el largo plazo de la economía resulta irrisorio. A escala económica, prever a cincuenta años de distancia ya es mucho y, sin embargo, mirando el ritmo de la naturaleza, de la renovación de un recurso natural, de la degradación de una zona, no es nada. Son siglos y milenios los que están en juego.
Aparece entonces la cuestión de la responsabilidad ética, estamos llegando al momento en que la economía ya no puede saltarse la cuestión de los valores. ¿En nombre de qué privarse hoy para las generaciones futuras que no conoceremos? En el campo de la economía, no existe una respuesta a esta pregunta.
Lo que surge es otra cosa, lo que el filósofo Hans Jonas llamó el "principio responsabilidad", es decir, nuestra responsabilidad frente a la vida y al desarrollo de la humanidad. Por esta vía, entramos en el campo de los valores en el que, por definición, no hay una respuesta preestablecida. La economía no es más que el instrumento, son los valores los que dan sentido a la vida. Se trata de valores múltiples e indemostrables, lo que implica dos cosas: la superioridad de la esfera política (que aborda las finalidades) sobre la función económica, y la legitimidad de la democracia, que permite la confrontación y la convivencia de los valores.
Dar la primacía a la finalidad humana implica no tolerar nada (miseria, opresión) que obstaculice el ascenso del ser humano hacia si mismo, ya que la humanidad está en perpetuo devenir. Esa es la visión que me parece que se puede proponer a todos. Si no sabemos nada del objetivo de esta aventura, al menos debemos permitir que el ser humano continúe conquistando libremente su propia naturaleza.

Desde una óptica de razonamiento económico tradicional, ¿qué supone tener en cuenta los retos medioambientales, principalmente en materia de inversiones?

R. P.: Ésa esotra objeción que hacemos al sistema actual, que quiere reducirlo todo a la suma de intereses individuales. Desde luego que existe, y cada vez que el mercado puede regular sin comprometer el interés general, estamos de acuerdo. Pero no todo se reduce a eso. Y el medio ambiente, en particular, atañe al interés general y no podría limitarse a un simple juego de intereses particulares y mercantiles.
La rentabilidad de algunas inversiones, como las infraestructuras --puentes, embalses, líneas ferroviarias--, no es directa, puesto que se trata de favorecer los intercambios, el desarrollo de
las actividades en general. Estas empresas, incluso deficitarias,
podrán ser muy racionales en cuanto a su utilidad para el desarrollo del conjunto de la comunidad. Por eso, sólo el Estado, la colectividad pueden hacerse cargo de este tipo de inversiones rentables a largo plazo y de manera indirecta, se benefician de ello multitud de actores.

Los poderes públicos integran esta obligación, cosa que no pueden hacer las empresas privadas, cuya anticipación nunca supera una duración de diez a quince años. Por eso los TGV[trenes de alta velocidad] no han podido desarrollarse fuera de Francia, ya que es un proyecto que se programa para 50 años, y que no es rentable inmediatamente. Ahora bien, en Estados Unidos, por ejemplo, no hay agente que asuma esta función de previsión de largo plazo. El sector privado no puede cumplir todas las funciones. Observe las consecuencias catastróficas de la privación de la red de ferrocarriles en Inglaterra, o las de la distribución de energía en California. Es una racionalidad de corto

plazo.

¿Según usted, cuál es la peor amenaza a la que se expone la vida enlaTierra?

R. P.: Entre las grandes amenazas que pesan sobre el medio ambiente, aparece el problema del agua, y de su distribución, que es muy desigual en el mundo. Este problema podría aplazarse si nos pusiéramos a gestionar desde hoy el consumo de agua, tanto más cuanto que existen técnicas baratas. También, por supuesto, el calentamiento climático. Pero creo que la peor amenaza es la carrera productivista, ligada a la rentabilidad desenfrenada del capital financiero, ya que es el centro de todos los demás problemas.